El bien como justa medida
Aristóteles propuso una ética de las virtudes. Para él, todo conocimiento y toda elección tiende a un bien supremo: la felicidad. Esta consiste en “un cierto vivir bien y bien estar” y se logra a través de la virtud, que es el hábito de actuar bien en cada caso y a lo largo de toda la vida. Entre todas las virtudes, la prudencia es la más importante, pues nos permite cultivar todas las demás. Las personas prudentes saben encontrar el justo medio, por ejemplo, entre el defecto y el exceso, entre la temeridad y la cobardía, o entre el despilfarro y la avaricia.
Si la virtud es más exacta y mejor que cualquier arte, lo mismo que también lo es la naturaleza, sería capaz de alcanzar el término medio. Pero me refiero a la virtud moral, pues esta tiene que ver con afecciones y acciones y es en ellas donde hay exceso, defecto y término medio. Por ejemplo, sentir miedo, audacia, deseo, ira o piedad, o, en general, sentir placer o dolor es posible en mayor o menor grado —y en ambos casos ello no está bien—. Pero sentirlo «cuando» y «en los casos en que», y «con respecto a quienes», y «para lo que» y «como» se debe, eso es el término medio y lo mejor —lo cual es propio de la virtud.
Aristóteles, Ética a Nicómaco 1106b.
Es bueno lo que produce mejores consecuencias.
Algunos filósofos defienden la idea de que solo podemos definir que algo es
bueno evaluando sus consecuencias.
Para John Stuart Mill, por ejemplo, una acción es buena y justa si produce un aumento en el nivel de felicidad de todos los afectados igual o mayor que cualquier acción alternativa:
El credo que acepta la utilidad o principio de la mayor felicidad como fundamento de la moral, sostiene que las acciones son justas en la medida en que tienden a promover la felicidad, e injustas en cuanto tienden a producir lo contrario de la felicidad. Se entiende por felicidad el placer y la ausencia de dolor; por infelicidad, el dolor y la ausencia de placer.
Mill, J. S. El utilitarismo (1863)
Es bueno lo que aceptaríamos como ley universal
Para Immanuel Kant, hay acciones que son buenas «para un determinado propósito posible o real» y acciones que son «buenas de suyo, al margen de cualquier otro fin». Las primeras son buenas hipotéticamente, es decir, solo
en determinadas circunstancias, y se definen a partir de las reglas de la habilidad o los consejos de la prudencia. Las segundas son absolutamente buenas, es decir, en cualquier momento y para cualquier ser humano; lo que las define son los mandatos o leyes de la moralidad.
Analicemos un caso propuesto por Kant:
Una persona necesita con urgencia pedir dinero prestado. Sabe que no podrá devolverlo, pero también sabe que no se lo prestarán si no promete hacerlo.
Si su fin es el dinero, las reglas de la habilidad le dirán que hacer la promesa es bueno, pues le permitirá (hipotéticamente) obtenerlo. Si su fin es la felicidad, la prudencia le aconsejará considerar que si incumple la
promesa puede perder (hipotéticamente) la confianza de los demás. Desde este punto de vista, la acción solo será buena si el dinero le proporciona mayor felicidad que la confianza.
Finalmente, el mandato de la moral será que debe actuar como piense que todos deberían hacerlo. Si decide prometer falsamente es porque considera aceptable que, en caso de urgencia, las personas estén autorizadas a hacer promesas que no cumplirán. Esto es lo que Kant denomina «imperativo categórico»:
Obra como si la máxima de tu acción pudiera convertirse por tu voluntad en una ley universal de la naturaleza.
Kant, I. Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785)
Si la persona piensa que una ley universal que permitiera las promesas falsas sería perjudicial, entonces, debe aceptar como bueno lo contrario: «prometer solo aquello que podamos cumplir». Como esto es bueno en sentido absoluto se convierte en un mandato o ley moral, un deber que toda persona debe cumplir en cualquier circunstancia, incluso en aquellas en que hacerlo le impide obtener lo que considera que necesita o le da
felicidad.
Es bueno lo que repetiríamos para siempre
Friedrich Nietzsche plantea que no tiene sentido hablar de una verdad universal; todo lo que decimos que conocemos no son más que apariencias y convenciones. Esto también es así para lo que entendemos como el bien y el mal. Sin embargo, sí podemos pensar una ley según la cual regir el comportamiento: la acción tiene que orientarse según lo que queremos que se repita perpetuamente, hay que querer la acción una vez y para siempre. En este sentido, el criterio de bien y mal viene de uno mismo; está en quien quiere la acción.
Si en todo lo que quieres hacer, empiezas por preguntarte: ¿estoy seguro de que quiero hacerlo un número infinito de veces?, esto será para ti el centro de gravedad más sólido.
Nietzsche, F. Voluntad de poder (1888)