Todo sujeto se plantea concretamente a través de proyectos, como una trascendencia; no alcanza su libertad sino por medio de su perpetuo avance hacia otras libertades; no hay otra justificación de la existencia presente que su expansión hacia un porvenir infinitamente abierto. Cada vez que la trascendencia recae en inmanencia, hay degradación de la existencia en «en sí», de la libertad en facticidad; esta caída es una falta moral si es consentida por el sujeto; si le es infligida, toma la figura de una frustración y de una opresión; en ambos casos es un mal absoluto. Todo individuo que tenga la preocupación de justificar su existencia, experimenta esta como una necesidad indefinida de trascenderse. Ahora bien, lo que define de una manera singular la situación de la mujer es que, siendo como todo ser humano una libertad autónoma, se descubre y se elige en un mundo donde los hombres le imponen que se asuma como lo Otro: se pretende fijarla en objeto y consagrarla a la inmanencia, ya que su trascendencia será perpetuamente trascendida por otra conciencia esencial y soberana. El drama de la mujer consiste en ese conflicto entre la reivindicación fundamental de todo sujeto que se plantee siempre como lo esencial y las exigencias de una situación que la constituye como inesencial. ¿Cómo puede realizarse un ser humano en la situación de la mujer? ¿Qué caminos le están abiertos? ¿Cuáles desembocan en callejones sin salida? ¿Cómo encontrar la independencia en el seno de la dependencia? ¿Qué circunstancias limitan la libertad de la mujer? ¿Puede esta superarlas? He aquí las cuestiones fundamentales que desearíamos dilucidar. Es decir, que, interesándonos por las oportunidades del individuo, no definiremos tales oportunidades en términos de felicidad, sino en términos de libertad. (…)
Lavar, planchar, barrer, sacar la pelusilla agazapada bajo la sombra de los armarios es rechazar la vida: porque, con un solo movimiento, el tiempo crea y destruye; el ama de casa solo capta su aspecto negativo. Su actitud es la del maniqueísta. Lo propio del maniqueísmo no es solamente reconocer dos principios, uno bueno y otro malo, sino plantear que el bien se obtiene por la abolición del mal y no por un movimiento positivo; en este sentido, el cristianismo es muy poco maniqueísta, pese a la existencia del diablo, porque como mejor se combate al demonio es consagrándose a Dios y no ocupándose de aquel con objeto de vencerlo. Toda doctrina de la trascendencia y de la libertad subordina la derrota del mal al progreso hacia el bien. Pero la mujer no ha sido llamada para edificar un mundo mejor; la casa, las habitaciones, la ropa sucia, el parqué, son cosas fijas: ella no puede hacer otra cosa que rechazar indefinidamente los principios malignos que allí se deslizan; ataca el polvo, las manchas, el barro, la grasa; combate el pecado, lucha contra Satanás. Pero es un triste destino el tener que rechazar sin descanso a un enemigo, en lugar de dirigirse hacia fines positivos; con frecuencia el ama de casa sufre ese destino llena de rabia. Bachelard pronuncia a este respecto la palabra «maldad»; también se la encuentra bajo la pluma de los psicoanalistas. Para estos, la manía doméstica es una forma de sadomasoquismo; lo propio de las manías y de los vicios es comprometer la libertad para que quiera lo que no quiere; como detesta que su sino sea lo negativo, la suciedad, el mal, el ama de casa maníaca se encarniza llena de furia contra el polvo, reivindicando una suerte que le repugna. A través de los desechos que deja en pos de sí toda expansión viva, ella se adhiere a la vida misma. (…)
Así, pues, tan absurdo es hablar de «la mujer» en general como del «hombre» eterno. Y se comprende por qué son ociosas todas las comparaciones que se esfuerzan en decidir si la mujer es superior, inferior o igual al hombre: sus respectivas situaciones son profundamente diferentes. Si se las confronta, resulta evidente que la del hombre es infinitamente preferible, es decir, que este tiene muchas más posibilidades concretas de proyectar en el mundo su libertad; de ello resulta, necesariamente, que las realizaciones masculinas superan con mucho a las femeninas, ya que a las mujeres les está punto menos que prohibido el hacer algo. No obstante, confrontar el uso que dentro de sus límites hacen hombres y mujeres de su libertad es a priori una tentativa desprovista de sentido, ya que precisamente usan de ella libremente. Bajo formas diversas, las trampas de la mala fe, las mistificaciones de lo serio acechan tanto a unos como a otras; la libertad está entera en cada cual. Solo por el hecho de que en la mujer es abstracta y huera, esta no podría auténticamente asumirse más que en la rebelión: ese es el único camino abierto a quienes no tienen la posibilidad de construir nada; preciso es que rechacen los límites de su situación y procuren abrirse los caminos del porvenir; la resignación no es más que una dimisión y una huida; para la mujer no hay otra salida que luchar por su liberación.
Esa liberación solo puede ser colectiva y exige, ante todo, que concluya la evolución económica de la condición femenina. Sin embargo, ha habido y hay todavía multitud de mujeres que tratan de realizar en solitario su salvación individual. Intentan justificar su existencia en el seno de su inmanencia, es decir, realizar la trascendencia en la inmanencia. Este último esfuerzo –a veces ridículo, a menudo patético– de la mujer aprisionada, para convertir su prisión en un cielo de gloria y su servidumbre en soberana libertad, es el que hallamos en la narcisista, la enamorada, la mística”. (Simone de Beauvoir, El segundo sexo).