Texto 1
“Bello” –al igual que “gracioso”, “bonito”, o bien “sublime”, “maravilloso”, “soberbio” y expresiones similares– es un adjetivo que utilizamos a menudo para calificar una cosa que nos gusta. En este sentido, parece que ser bello equivale a ser bueno y, de hecho, en distintas épocas históricas se ha establecido un estrecho vínculo entre lo Bello y lo Bueno. Pero si juzgamos a partir de nuestra experiencia cotidiana, tendemos a considerar bueno aquello que no solo nos gusta, sino que además querríamos poseer. Son infinitas las cosas que nos parecen buenas –un amor correspondido, una fortuna honradamente adquirida, un manjar refinado– y en todos estos casos desearíamos poseer ese bien. Es un bien aquello que estimula nuestro deseo. Asimismo, cuando juzgamos buena una acción virtuosa, nos gustaría que fuera obra nuestra, o esperamos llegar a realizar una acción de mérito semejante, espoleados por el ejemplo de lo que consideramos que está bien. O bien llamamos bueno a aquello que se ajusta a cierto principio ideal, pero que produce dolor, como la muerte gloriosa de un héroe, la dedicación de quien cuida a un leproso, el sacrificio de la vida de un padre para salvar a su hijo… En estos casos reconocemos que la acción es buena, pero –ya sea por egoísmo o por temor– no nos gustaría vernos envueltos en una experiencia similar. Reconocemos ese hecho como un bien, pero un bien ajeno que contemplamos con cierto distanciamiento, aunque con emoción, y sin sentirnos arrastrados por el deseo. A menudo, para referirnos a actos virtuosos que preferimos admirar a realizar, hablamos de una “bella acción”.
Si reflexionamos sobre la postura del distanciamiento que nos permite calificar de bello un bien que no suscita en nosotros deseo, nos damos cuenta de que hablamos de belleza cuando disfrutamos de algo por lo que es en sí mismo, independientemente del hecho de que lo poseamos. Incluso, una tarta nupcial bien hecha, si la admiramos en el escaparate de una pastelería, nos parece bella, aunque por razones de salud o falta de apetito no la deseemos como un bien que hay que conquistar. Es bello aquello que, si fuera nuestro, nos haría felices, pero que sigue siendo bello aunque pertenezca a otra persona. Naturalmente, no estamos considerando la actitud de quien, ante un objeto bello como el cuadro de un gran pintor, desea poseerlo por el orgullo de ser su dueño, para poder contemplarlo todos los días o porque tiene un gran valor económico. Estas formas de pasión, celos, deseo de posesión, envidia, o avidez no tienen ninguna relación con el sentimiento de lo bello. El sediento que, cuando encuentra una fuente, se precipita a beber, no contempla su belleza. Podrá hacerlo más tarde, una vez que ha aplacado su deseo. De ahí que el sentimiento de la belleza difiera del deseo. Podemos juzgar bellísimas a ciertas personas, aunque no las deseemos sexualmente o sepamos que nunca podremos poseerlas. En cambio, si deseamos a una persona (que, por otra parte, incluso podría ser fea) y no podemos tener con ella relaciones esperadas, sufriremos. En este análisis de las ideas de belleza que se han ido sucediendo a lo largo de los siglos intentaremos, por tanto, identificar ante todo aquellos casos en que una determinada cultura o época histórica han reconocido que hay cosas que resultan agradables a la vista, independientemente del deseo que experimentamos ante ellas.
(Umberto Eco, Historia de la belleza, Lumen, 2018, selección de extractos)
Texto 2
“Lo bello natural se contrapone a lo bello digital. En lo bello digital, la negatividad de lo distinto se ha eliminado por completo. Por eso es totalmente pulido y listo. No debe contener ninguna desgarradura. Su signo es la complacencia sin negatividad: el me gusta. Lo bello digital constituye un espacio pulido y liso de lo igual, un espacio que no tolera ninguna extrañeza, ninguna alteridad. Su modo de aparición es el puro dentro, sin ninguna exterioridad. Incluso a la naturaleza la convierte en una ventana de sí misma. Gracias a la digitalización total del ser, se alcanza una humanización total, una subjetividad absoluta en la que el sujeto humano ya solo se topa consigo mismo. La temporalidad de lo bello natural es el ya del todavía no. Se manifiesta en el horizonte utópico de lo venidero. La temporalidad de lo bello digital es, por el contrario, el presente inmediato sin futuro; es más, sin historia. Simplemente está delante. A lo bello natural le es inherente una lejanía. Se oculta en el instante de la mayor cercanía. Su aura de lejanía lo sustrae a todo consumo (…) Lo bello digital proscribe toda negatividad de lo no idéntico. Solo tolera diferencias consumibles y aprovechables. La alteridad deja paso a la diversidad. El mundo digitalizado es un mundo que, por así decirlo, los hombres han sobrehilado con su propia retina. Este mundo humanamente interconectado conduce a estar de manera continua mirándose a sí mismo. Cuanto más densa se teje la red, tanto más radicalmente se escuda el mundo frente a lo otro y lo de fuera. La retina digital transforma el mundo en una pantalla de imagen y control. En este espacio autoerótico de visión, en esta interioridad digital, no es posible ningún asombro. Los hombres ya solo encuentran agrado en sí mismos”. (Byung Chul Han, La salvación de lo bello, Herder, 2015, pp. 41-42)
Texto 3
“Lo horrendo es opuesto a lo atractivo y a la deformación de éste que, en su feo movimiento, sólo da lugar a nuevas deformidades, disonancias y palabras inconvenientes. Lo horrendo no se detiene, como lo sublime, a una respetuosa distancia, sino que nos repele totalmente, no nos atrae hacia sí como lo agradable, sino que nos horroriza. No nos satisface, como lo bello perfecto, con una absoluta conciliación con lo más profundo de nuestro ser; más bien extrae de la profundidad la profunda desarmonía. Lo horrendo es esa fealdad a la que el arte no puede sustraerse si no quiere representar el mal, y moverse en una concepción limitada del mundo, que sólo tendría por meta el entendimiento placentero. Por lo tanto, lo horrendo es 1) idealmente lo insensato, la negación de la idea en la ausencia de sentido por antonomasia 2) realmente lo repugnante, la negación de toda belleza en la manifestación sensible de la idea 3) idealmente el mal, ora la negación del concepto de la idea de lo verdadero y lo bueno, ora de la realidad de tales conceptos en la belleza de su manifestación. El mal es la cumbre de lo horrendo en cuanta negación absoluta, positiva de la idea. El arte no solo puede servirse de todas esas formas de lo feo, sino que está obligado a hacerlo en ciertas condiciones”. (Karl Rosenkranz, Estética de lo feo, Mautalos, 1992, pp. 300-301).
Texto 4
También para Adorno, la negatividad de lo terrible es esencial para lo bello. Lo bello es la forma intrínseca de lo amorfo, de lo indiferenciado: “El espíritu que forma estéticamente deja pasar aquello que activa lo que se le parece, lo que comprende o tiene la esperanza de equiparar. Se trata de un proceso de formalización”. Lo bello se distingue de lo amorfo, de lo terrible, del todo indiviso, poniendo formas, es decir, diferencias: “La imagen de lo bello como lo uno y diferenciado surge con la emancipación respecto del miedo a la naturaleza abrumadora en tanto todo no diferenciado”. Pero la apariencia bella no conjura por completo lo terrible. La impermeabilización frente a lo que existe inmediatamente, contra lo amorfo, tiene fugas. Lo amorfo se atrinchera afuera, como el enemigo ante los muros de la ciudad sitiada, y la hace morir de hambre”.
(Byung Chul Han, La salvación de lo bello, Herder, 2015, pp. 64-65)